Tener un blog es un acto de resistencia
Hace un par de semanas este blog cumplió un hito técnico que amerita ser contado. Pero antes, un poco de historia. Una más larga de lo que yo mismo recordaba.
Mi primer sitio web vivió en Geocities, en Sunset Strip (no recuerdo el número de la casa, eran 4 dígitos). Para los más jóvenes: Geocities (long dead ya, adquirido por el gigante de su época, Yahoo) organizaba las páginas personales como barrios temáticos, con calles y direcciones. Uno no “creaba una cuenta”, te cambiabas a un barrio. En el mundo pre-Google conocías otros sitios con los anillos de links: entrar ahí ya será para otro día. La metáfora urbana de internet ya estaba ahí desde el principio, voy a ella más abajo.
Luego Fotolog, que fue la primera plataforma social de nuestra generación. Y al entrar a la universidad, subí un sitio a la cuenta que nos entregaban a los estudiantes. Ese sitio sigue activo hoy, más de veinte años después: www2.udec.cl/~jteran redirige a terminal.delucca.cl, una URL que ya está abajo. La página estudiantil sobrevivió al blog que la reemplazó.
Ese terminal.delucca.cl merece explicación. Este blog se llamaba originalmente Terminal y su bajada era “el pensamiento muere en la boca… o evoluciona en el blog”, muy copiado inspirado en Parra, por supuesto. Corría sobre WordPress en un PC con Linux que mi amigo Mauro tenía escondido en un closet.
De ahí en adelante, la historia es la de media internet: el sitio migró a su propia URL (la actual), vivió años en un shared hosting común y silvestre con otros pitutos varios, y el año pasado lo moví a Pikapods, donde por USD 2,5 al mes tenía espacio y cómputo para mantenerlo en línea.
Y WordPress se acaba de ir.
Veinte años después, ese mismo terminal al que hacía referencia el título, esa misma consola, subió este artículo con un git push y un proceso de delivery continuo que redespliega el sitio completo en la nube. Terminal ahora corre con Astro y Cloudflare, una arquitectura a la que llegué trabajando en conjunto con la IA: le planteé el problema (un blog personal, costo cercano a cero, control total), evaluamos alternativas y ejecutamos la migración juntos. Confieso además que volver a hacer push a un repo después de años fue un placer que no recordaba (no es la primera vez que busco ahorrarme unos dólares: una vez armé un app solo para no pagar USD 65 al año).
¿Y por qué importa todo esto?
Porque la web abierta está en problemas.
Los que crecimos en la internet de fines de los 90 nos acordamos: IRC, los blogs, RSS y Atom, Blogger. Costaba hacerse ver, es cierto. Pero la calle era pública: tu sitio era tuyo, tus links eran tuyos, y cualquiera podía llegar sin pedirle permiso a un algoritmo.
Hoy todo es TikTok, Instagram y la ‘red social’ que venga. Y ahora, las plataformas de IA. Volvamos a la metáfora urbana de Geocities: si esa internet era un barrio con calles, casas y direcciones, la actual es un condominio-burbuja donde el dueño pone las reglas, decide a quién ves y cobra la entrada con tu atención y tus datos. No es gratis. Nunca fue gratis.
Jaron Lanier lo vio venir hace más de una década en “¿Quién controla el futuro?”: los llamó servidores sirena, plataformas que concentran la información (y el valor) que millones de personas les entregamos gratis, nadando hacia ellas sin poder resistir el canto. El libro es de 2013. Léelo hoy y parece crónica.
Lo curioso es que mucho de lo nuevo es refrito: Discord es IRC con mejor diseño. Las newsletters son el RSS que dejamos morir. Computadores y tecnología más cool, sí, pero la necesidad de fondo (comunicarnos, publicar, encontrarnos) es la misma de hace 25 años. Lo que cambió es quién es el dueño del lugar donde lo hacemos.
¿Por qué decidimos meternos a esos lugares donde los dueños siempre lucrarán con lo nuestro? Supongo que por lo de siempre: comodidad, alcance, el canto de las sirenas de la audiencia instantánea. Y claro, escribo todo esto desde mi ecosistema Apple, migré el blog conversando con una IA (¿y no es un LLM otro canto de sirena, uno al que le entregué el problema entero para que nadara por mí? Ojo con eso, que da para otro artículo) y es probable que hayas llegado a este artículo vía LinkedIn. La ironía sé que está ahí. No estoy predicando pureza digital desde una cabaña en la cordillera de Los Andes.
¿Y no es contradictorio resistir la concentración de la web desde Cloudflare? Lo pensé. Pero hay una diferencia que para mí es la diferencia: Cloudflare es sustrato, no condominio. Este sitio es un conjunto de archivos estáticos que mañana puedo mover a otro hosting (o de vuelta a un closet) con un git push. El dominio es mío, el contenido es mío, el formato es abierto. Este blog ya corrió en un servidor universitario, en un shared hosting y en Pikapods: el fierro siempre fue de alguien más. La resistencia no está en el fierro, está en ser dueño de la puerta. ¿Y lo de gratis? Cloudflare no lucra con mi atención ni con mis datos: su negocio son las empresas, y los blogs personales somos, asumo, un gancho de marketing. Trato justo, mientras la puerta siga siendo mía.
Y por si hiciera falta una prueba de que la concentración es sistemática: en enero de este año Cloudflare compró Astro, el framework con el que armé todo esto. O sea que la herramienta de mi independencia y el dueño del fierro son, desde hace unos meses, la misma empresa. ¿No hay escapatoria?
Pero algo sí puedo hacer: mantener este pedazo de calle pública vivo. Un dominio propio, contenido propio, en un formato abierto que cualquier persona (o nadie) puede leer sin cuenta, sin app y sin algoritmo de por medio. Como esa página universitaria que sigue respirando en un servidor de la Universidad de Concepción.
Tener un blog en 2026 es un pequeño acto de resistencia.
Quiero y voy a publicar más. Si tienes un blog abandonado por ahí, desempólvalo. Y si nunca has tenido uno, nunca ha sido tan fácil partir. Ni tan barato: cero pesos, literal.
La calle pública sigue ahí.